martes, 25 de marzo de 2014

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Él peinaba el viento con los dedos.

La ciudad era enorme, desde luego, una urbe oscura que intentaba no dejarse comer por su falta de luz invirtiendo ingentes cantidades de dinero en alumbrado público. Tan monstruosamente grande era la ciudad que, a pesar de hallarse en un llano sin fin, apenas se podía discernir el final de ésta desde las alturas.

Y Él no era menos. No alcanzaba desde uno de los edificios más altos a ver sus límites, lejanos, ya carcomidos por la oscuridad que la luz de las farolas no llegaba a vencer. El corazón de la ciudad permanecía más brillante, pero con esa luz mortecina que indica el final de algo.

Y para Él olía a mar, porque no había nada capaz de desviar los vientos que azotaban la ciudad, y el aire traía olor a agua, y a salitre, y a sal. Y si cerraba los ojos y olvidaba el ruido de los coches y el ajetreado bullicio muchos metros abajo, casi podía oír el arrullo de las olas, casi sentir el tacto de la arena haciéndole cosquillas en las plantas de los pies.

Desde lo alto de su edificio, sentado, con las piernas colgando en el vacío, pero firmemente aferrado a la baranda del ático, miraba como esa oscuridad se iba comiendo lo que lo rodeaba, como tanta luz artificial no valía para nada en esa noche eterna que los engullía.


Y seguía peinando el viento con los dedos.



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The Essence Of Silence - Epica
https://www.youtube.com/watch?v=oePrtEMmX9Y

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