Un golpe fortuito en la cabeza, lo justo como para abrir un piquete ínfimo que rompe la piel fina y sensible del cuero cabelludo para dejar que la sangre mane.
Al principio es sólo un pequeño dolor físico, algo punzante, que hace que te lleves la mano al sitio donde te has dado y maldigas por lo bajo mientras lo frotas con suavidad para mitigar la sensación desagradable que te ha despertado el golpe.
Pero luego notas que vas dejando marcas de sangre por todos lados, que te has apoyado en la puerta del frigorífico para sacar hielo del congelador y has dejado tu mano impresa, como un macabro recordatorio de 'compra pan'. Cierto es que no tienes fobia a la sangre, así que por eso no es problema.
Después, sólo sabes que tu pelo se empapa en sangre, que tus rizos están húmedos y calientes, que gotean al suelo, pintándolo de lunares rojos. Que te corre la sangre por la cara, que la notas en la boca y cerca de los ojos, como lágrimas un tanto dantescas.
Más tarde, que el calor se extiende desde la herida en sí cuando te ayudan a lavarla y se elimina todo resto sanguíneo de tu cabeza, por más que la sangre se empecine en seguir manando como si fuera un surtidor.
Te hacen creer esa sensación de 'no pasa nada, tranquilo'. De que todo es una tontería, porque sólo ha sido un piquete en una zona altamente irrigada, que es más de lo que parece, unos centímetros de piel rasgada.
Pero peor que el dolor físico, llega al final la sensación de vergüenza, dada de la mano con ese sentimiento de indefensión, como que todo lo que te pasa te ha tocado por designio divino, o por karma, o por destino, o simplemente porque sí, te toca y punto. También llegan el hartazgo y el asco, que te remueven por dentro y hacen que quieras vomitar.
Unos centímetros de piel rasgada que te hacen sentir inseguro, pequeño, débil e irrelevante. De valer poco y merecer los golpes. De no ser más que un chico con piel clara y pelo castaño que se ha convertido en un punching-ball por decisión propia y porque no tenía más remedio.
Unos centímetros que te hacen temblar bajo el viento, que te remueve el pelo feroz y tira de esa costra de sangre seca y casi negra que te cubre la herida.
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Cœur De Pirate – Mistral gagnant