Era una tarde de verano de 2012. Habíamos quedado con las bicis para dar una vuelta. Y, ni cortos ni perezosos, sin planearlo, acabamos llegando al Peral. Estuvimos un rato, y luego nos volvimos. Decidimos que lo haríamos por el carreterín, el de al lado de la carretera. Cada uno iba a lo suyo, con sus cascos, con su música. Yo llevaba puesta una canción... especial. Miré a mi izquierda y lo ví: un campo llano. Verde. Lleno de vides, hasta el horizonte. Sólo verde, de distintos tonos. Luego miré hacia adelante. No todo es tan llano. En realidad, llano es de lejos. De lejos se veía la torre de la iglesia, y ése edificio tan alto de la Veracruz, entre colinas, muchas colinas. Ahí íbamos, rodando, subiendo y bajando por esas cuestas del carreterín, bordeado de adelfas en flor. Con el cielo azul sobre nosotros. Limpio. Tan sólo un par de nubes, melancólicas. Y luego miré hacia mi derecha. Ahí estaba el sol, poniéndose. Ahí estaban los cerros, suaves curvas, casi como si una joven se tumbara a retozar sobre el llano para aprovechar los últimos rayos del sol del verano de última hora del día, los que no queman. Casi como sus hombros y sus caderas. Era la puesta de sol, hasta la fecha, más bonita que había visto en mi vida. Y había visto muchas. Muchas. Grandiosas, bellísimas, majestuosas. El viento soplaba a nuestro paso. Y nos removía el pelo, nos hacía ondear las camisetas. Yo llevaba una blanca, enorme por cierto. Y, sin quererlo, sonreí.
Desde aquí, hacia arriba, describo una sensación. La de pertenecer.
http://www.youtube.com/watch?v=BW9Fzwuf43c
