Siguió andando, machacando el asfalto con unas zapatillas con la suela gastada y calentada por el sol implacable de las cuatro de la tarde. Hacía rato que había perdido la cuenta de los pasos que había dado, del tiempo que llevaba caminando. A pesar del sol, no tenía calor. Él mismo lo desprendía en oleadas que quemaban el aire que lo rodeaba. Caminaba, y caminaba.
Tan sólo se atrevía a enfrentarse a él el viento, inclemente. Lo despeinaba, le removía el pelo juguetón, como ése tío que todos tenemos que nos revuelve el pelo con la mano mientras ríe, pero siempre volvía a su posición, no importaba cuán fuerte fuese el soplido del aire.
Siguió andando, esta vez dejando caer hacia atrás la cabeza, cerrando los ojos y confiando en su sentido del equilibrio para permanecer en la linea recta de la carretera que se extendía hasta el horizonte. El cielo estaba despejado. Ni una sola nube. Era de un azul límpido, profundo. Sólo el sol rompía su monotonía, como una piedra preciosa que reflejara la luz, engarzado en el firmamento. Dejó que su calor reemplazara al que emanaba de él.
Siguió andando. Volvió a agachar la cabeza y continuó, un paso tras otro, recorriendo esa carretera alejada de la mano de Dios. Bien podría estar rodeado de bosques, o de un páramo con algún que otro cactus y plantas bajas. Él no se daba cuenta de nada, sólo era consciente de las rayas blancas del pavimento que iba pasando. Una tras otra. Volvió a inclinar hacia atrás la cabeza, dando pasos mucho más patosos, cada vez más lentos, dejando que ellos mismos se enredaran uno con otro.
Hasta detenerse del todo. Decidió que podría abrir los ojos y dejarse quemar. Y lo hizo. No sabía qué lo rodeaba. Lo que sí sabía es que el camino continuaba, y él no veía el fin. Le quedaba mucho por andar.
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Ride, Lana del Rey