domingo, 9 de marzo de 2014

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Es como vivir en un continuo estado semi-depresivo. Tienes días de risa, que todo te da igual y con la más mínima tontería sonríes. Y luego tienes días en los que te sientes como deshecho, joder, incluso roto. Que todo te da igual, pero en cuanto te tocan un poco la fibra es como un interruptor; te hundes. 

Imagina vivir así. Como si andaras sobre un cable y debajo no hubiera nada, pero que cuando parece que vas a caer resulta que estás atado a ese cable y no llegas al fondo. Te vuelves a subir como puedes, y ale, a seguir andando. Pero casi eso es peor que caer, porque al fin y al cabo si caes de una, ya no hay más que decir. Pero si no haces más que tener un sobresalto detrás de otro, y aunque estás en el abismo sigues amarrado al cablecito de las narices... sí, es peor que caer.

¿Sabes? Tengo ganas de llorar. De llorar y limpiarme por dentro. Pero no puedo. Aunque lo intente. Es como si estuviera seco. Y al mismo tiempo sé que estoy a rebosar de lágrimas. Pero no, no salen.
No salen.

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