lunes, 24 de diciembre de 2012

De proyectos surgidos de repente.

De poco o nada le servía intentarlo. Simplemente siguió corriendo por el pasillo, pasando por delante de los ventanales, a través de los cuales entraba una luz de luna tenue, brillante.
Llegó al final del corredor y, sin pararse a pensar, abrió la puerta de la habitación, entró y cerró tras de sí, lo más rápida y silenciosamente que le permitían sus nerviosas manos.
Al darse la vuelta él mismo se sorprendió de lo austero de la habitación, en comparación con el resto de la mansión. No había más que una cama grande, con dosel y sábanas blancas, una pequeña cómoda con un espejo, y un butacón ornamentado. El resto, paredes de madera y suelo enmoquetado que en su día fuera color verde botella, pero que ahora rozaba el umbral del gris.
Pero todo parecía aún menos regio al mirar por el balcón de la habitación: se podían vislumbrar los terrenos de alrededor, las montañas, el bosque. La magnificencia de la naturaleza que lo rodeaba. El fresco aire que entraba por las puertas abiertas del mirador hacía ondear suavemente las finas cortinas de color blanco, y traía el olor de los pinos.
Él se acercó lentamente hacia la cómoda, desvanecida toda prisa. Encima de ella había un pequeño manuscrito. Lo sopesó en sus manos, cuya piel había cobrado también una palidez mortecina, a juego con el resto de mobiliario de la habitación. Se miró en el espejo y solo vio un fantasma de lo que antes era. La alegría se había ido de sus ojos claros. Su pelo caía, liviano y desordenado, tapándole la frente. Asomaban, entremezclados, cabellos níveos como la plata, a pesar de su juventud. Estaba delgado, y por momentos parecía acentuarse su levedad.
Siguió mirándose un rato más en el espejo, olvidándose del motivo de que estuviera en ésa habitación y no en el pasillo, deleitándose en su propia y frágil decadencia. Y al mismo tiempo que frágil, era bella, porque era única, y tan triste que rompía el corazón con solo intuirla.
Se sentó en el butacón y empezó a leer el manuscrito. Y al final lo comprendió. Las palabras son el arma más afilada del ser humano. También la más dañina. Más que cualquier golpe físico. Más que cualquier enfermedad. Las palabras tienen el poder de consumir a las personas.
Así que, apenas durante un instante, una llama de lucidez prendió en su mente y, con un soneto lleno de sinestesias, se horadó el corazón.

...

Las cortinas siguen siendo blancas. También las sábanas. El aire sigue trayendo el olor a pino a través del balcón abierto. Los bosques siguen, de fondo, oscuros. Y también siguen allí el espejo, la cómoda, la raída moqueta verde botella y las paredes forradas de madera oscura. La clara luz de la luna sigue entrando por las ventanas del pasillo, y también por el balcón. Pero ahora hay una nota de otro color. Un rojo intenso, como el de una rosa que se abre, en mitad del pecho del joven. Y no hay tristeza en su rostro. Solo paz.

~

http://www.youtube.com/watch?v=5JOMFiX6tPY
Here to stay, Bleach OST

Hoy, día de Nochebuena, desearle unas felices fiestas a mi inspiración, ésa que viene cuando le da la gana y me abandonaría aún con más frecuencia de ser proporcionalmente posible.

martes, 23 de octubre de 2012

#.

     Era una tarde de verano de 2012. Habíamos quedado con las bicis para dar una vuelta. Y, ni cortos ni perezosos, sin planearlo, acabamos llegando al Peral. Estuvimos un rato, y luego nos volvimos. Decidimos que lo haríamos por el carreterín, el de al lado de la carretera. Cada uno iba a lo suyo, con sus cascos, con su música. Yo llevaba puesta una canción... especial. Miré a mi izquierda y lo ví: un campo llano. Verde. Lleno de vides, hasta el horizonte. Sólo verde, de distintos tonos. Luego miré hacia adelante. No todo es tan llano. En realidad, llano es de lejos. De lejos se veía la torre de la iglesia, y ése edificio tan alto de la Veracruz, entre colinas, muchas colinas. Ahí íbamos, rodando, subiendo y bajando por esas cuestas del carreterín, bordeado de adelfas en flor. Con el cielo azul sobre nosotros. Limpio. Tan sólo un par de nubes, melancólicas. Y luego miré hacia mi derecha. Ahí estaba el sol, poniéndose. Ahí estaban los cerros, suaves curvas, casi como si una joven se tumbara a retozar sobre el llano para aprovechar los últimos rayos del sol del verano de última hora del día, los que no queman. Casi como sus hombros y sus caderas. Era la puesta de sol, hasta la fecha, más bonita que había visto en mi vida. Y había visto muchas. Muchas. Grandiosas, bellísimas, majestuosas. El viento soplaba a nuestro paso. Y nos removía el pelo, nos hacía ondear las camisetas. Yo llevaba una blanca, enorme por cierto. Y, sin quererlo, sonreí.
       Desde aquí, hacia arriba, describo una sensación. La de pertenecer.





http://www.youtube.com/watch?v=BW9Fzwuf43c