El día ha amanecido bastante encapotado, algo que a una persona normal le parece un tanto deprimente. Pero a Fran no le importa, es más, disfruta del aire frío y el ambiente húmedo, de que el pavimento esté oscurecido al estar mojado, de la gente que se anuda bufandas para repeler el frío o los que se compactan para meterse debajo de un paraguas y huir de la lluvia.
De todas formas hemos dicho que el cielo estaba encapotado, así que ahora mismo no llueve, si bien también hemos comentado que el suelo ya está mojado. El caso es que Fran coge su bicicleta para recorrer las calles del centro de la ciudad. Calles empedradas que a ratos le recuerdan unos sitios u otros.
La verdad es que estos adoquines mojados son más bien peligrosos, así que Fran decidió dejar a un lado la bicicleta y seguir andando. Se ve que ya llegó a su destino, así que la encadena a una farola y la olvida allí, cosa rara en él.
El aire limpio y fresco, el petricor (debido a las geosminas, un alcohol liberado al morir por ciertas bacterias del género
Streptomyces que se encuentran en el suelo) y quizá su costumbre de no desayunar hacen que le ruja el estómago. Sin saber cómo, ha pasado cerca de un restaurante pequeñito, más bien un bareto de toda la vida, casí una tasca, y lleva en las manos un bocadillo de jamón serrano con tomate, pero no restregado, no, con rodajitas finas, como se lo hacía su madre desde pequeño. ¡Qué rico que está, madre mía!
A veces en el día a día te pasan cosas curiosas. A Fran le van a pasar varias hoy. Igual que las calles eran empedradas y ligeramente tortuosas y le recordaban a mil sitios distintos, una joven rubia, con un jersey blanco con rayas azul marino y pantalones vaqueros pasa charlando animadamente con su teléfono móvil. Al parecer, y por lo que Fran va entendiendo de su rápida conversación en francés, la muchacha está hablando con una amiga a la que no hay visto en mucho tiempo.
Claro que a Fran no le gusta espiar conversaciones ajenas, pero es que el altavoz del teléfono tiene el volumen tan alto que hasta casi llega a oír la voz de la amiga de la joven del jersey blanco con rayas azules. Y aquí la cosa curiosa: la calle adoquinada resulta desembocar lateralmente en otra callejuela algo más ancha. Casi de frente a ambos Fran ve como se aproxima una joven de pelo castaño que lleva un jersey azul marino con rayas blancas y un vaquero. Y ¡vaya!, resulta que la voz en off que iba escuchando de la conversación por teléfono va haciéndose cada vez más fuerte, hasta el extremo de que las dos amigas se cruzan por aceras opuestas charlando sin darse cuenta que están tan cerca la una de la otra. ¿El tema de la conversación? Los años que llevan sin verse, por una u otra cosa.
Fran no da crédito, así que sólo tiene que toser ruidosamente justo en el momento en que ambos se cruzan para que las dos jóvenes miren al centro de la calzada para conocer el origen del ruido y ¡voilá! Ahí están las dos, abrazadas y riendo como crías, dejando a un lado sus teléfonos móviles.
La verdad es que ha tenido un rol importante. No es que haya hecho nada más que toser, pero ¡la de cosas que ha cambiado con un pequeño gesto!
Es un cumpleaños, o un día importante, o quizá hoy acontezca un evento que marque una inflexión en la vida de alguien, pero Fran quiere pasar a alguna tienda interesante para hojear libros o buscar algún objeto curioso que comprar.
Justo enfrente, tras el encuentro de las dos amigas de jerseys a rayas, ve la tienda que busca. Se trata de una antigua librería eclipsada por una moderna tienda de regalos. La tienda de regalos parece ir bastante bien, así que pasa. Muñecos de acción, extraños relojes futuristas, lámparas de estudio (lo que él llama flexo) de colores con bombillas por todos lados. La tienda es dirigida por un joven bien vestido que simula su falta de humildad con toneladas de risas falsas y un par de litros de colonia cara. Fran decide que no quiere comprar nada y sale de la tienda.
Al lado, como ya ha visto antes, está la pequeña y modesta librería, cosa que no desanima a Fran, su intención era pasar allí después de todo desde un principio. La puerta es de madera, pesada, y a pesar de tener unos goznes antiguos, estos están cuidados con mimo, abrillantados y engrasados para que no chirrien al abrir la hoja. Al pasar, ve que la tienda no tiene una forma regular, sino que tiene recovecos para aprovechar al máximo el espacio. Cada recoveco estaba lleno de libros o de objetos interesantes: pequeñas figuritas de madera pintadas a mano con las que jugaron los niños de los años 40, elegantes relojes de cuerda, de los que se sacó la onomatopeya 'tic-toc', o simpáticas lamparitas con tulipa amarillenta y pie dorado. Esta tienda la lleva un hombrecito mayor de camisa y pelo blancos con tirantes color marfil, pantalones marrones y zapato oscuro. Lleva gafas y sabe sonreír de verdad; la tienda no huele a colonia cara porque ya huele a libros. No está llena de gente, pero tiene la extraña sensación de que aunque no rebose clientes merece mil veces más la visita que la moderna tienda de regalos.
Fran saluda con un 'Buenas' y una sonrisa de esa que te cierra los ojos. El librero saluda igualmente y pregunta si puede ayudarle. Claro que puede. Fran busca algún objeto curioso o libro interesante que regalar, o que comprar para sí mismo (aún no sabe por qué, pero tiene que comprarlo). Resulta que el hombrecito tiene miles de cosas interesantes, cosa que atestigua su ayudante, un hombre alto con camisa arremangada que parece ser su hijo y se encuentra removiendo y colocando cajas al fondo del establecimiento. Como tampoco termina por decidirse, Fran decide mirar tranquilamente por la tienda, declinando finalmente de forma amable el ofrecimiento de ayuda.
Vaya... un libro sería una buena opción. Bueno, ¡es que un libro es siempre una buena opción! Fran mira por entre las estanterías y casi parece decantarse por uno u otro conforme los va mirando, estudiando sus portadas, el grosor o incluso el olor que se filtra por entre sus hojas. Pero no, al final acaba devolviéndolos todos a su lugar en la estantería. Busca algo más concreto. Mira toda la tienda, frustrado, pero no encuenta lo que quiere. Y es raro, porque casi sabe a ciencia cierta que lo que busca está en esa misma sala.
A punto de darse por vencido, el hijo del librero le dice que aún no ha inspeccionado toda la tienda, así que va hacia su zona de trabajo y retira diez pesados volúmenes de una enciclopedia de tapas rojas. Ahí detrás, Fran alcanza a ver algunos libros de poesía, un par de ejemplares de
Ancha es Castilla y dos libros de un autor que le sonaba demasiado.
Ahí estaba, sobre una mesa con cristal mirando los dos ejemplares, sin dar crédito.
Comienza a estudiar meticulosamente el primero de ellos. Cubierta blanca con lineas naranjas y marrones a un lado, hojas secas de fondo, letras negras por encima con el título, el autor y una pequeña foto del mismo en la que lleva el pelo largo y chaqueta negra. Vaya. Nada más empezar a hojearlo ve que se trata de un libro de hechos diarios que el autor va volcando sobre papel, así como de recuerdos o pensamientos que al parecer cruzan su mente a menudo, o lo mismo en el instante justo en que atina a estamparlos con tinta o sobre una pantalla.
Su sorpresa fue mayor cuando, echando una rápida ojeada sobre una de las primeras páginas en la que habla de sus amigos, a los que, dice, les dedicará más espacio en páginas posteriores, alcanza a leer
Fran, en negrita y cursiva, como el resto de nombres. Vaya, otra vez.
No dice mucho, sólo que es una persona importante, y que hablará de cómo lo conoció en el capítulo 13. Fran mira nervioso a su alrededor, pensando en que los dueños del local pudiesen molestarse porque él se tomase la librería como una biblioteca, pero acaba de entrar alguien más al local, así que el padre va a atenderlos mientras el hijo sigue colocando cajas en el lado opuesto de la tienda.
El capítulo 13 se titula... bueno. La verdad es que no lo recuerdo. Pero sé que hablaba de cabello y ojos. Y ahí, bajo el título, como un fondo casi inapreciable, una foto suya, muy cercana a la cara. Sólo se aprecian los ojos cerrados, las cejas, una nariz respingona, parte del labio, una oreja y un mechón de pelo rizado colgando por delante de su oído. Sí, era el propio Fran.
¡Que alegría se llevó! El hecho de ser lo mínimamente importante como para que escriban sobre él... Porque ya dicen que si un escritor habla de ti, no mueres nunca. Así que ahí estaba, su boleto para la eternidad, en papel reciclado y blanqueado y tinta negra.
Ya sabe qué tiene qué comprar: un regalo, y algo para sí. Ambas cosas y ninguna: un regalo para sí mismo.
La pena es que se echa mano al bolsillo y se ha dejado el dinero en casa. '¡Arrea!', piensa. Mira de nuevo nervioso al padre con su hija que está atendiendo el anciano librero y piensa en si podrá guardárselo para volver más tarde con dinero.
La otra pena es que es ahí cuando me despierto. Vaya sueños raros que tengo, macho.
¡Será que ha empezado octubre!
***
https://www.youtube.com/watch?v=LQliMxwKEek