Él peinaba el viento con los dedos.
La ciudad era enorme, desde luego, una urbe oscura que intentaba
no dejarse comer por su falta de luz invirtiendo ingentes cantidades de dinero
en alumbrado público. Tan monstruosamente grande era la ciudad que, a pesar de
hallarse en un llano sin fin, apenas se podía discernir el final de ésta desde
las alturas.
Y Él no era menos. No alcanzaba desde uno de los edificios
más altos a ver sus límites, lejanos, ya carcomidos por la oscuridad que la luz
de las farolas no llegaba a vencer. El corazón de la ciudad permanecía más
brillante, pero con esa luz mortecina que indica el final de algo.
Y para Él olía a mar, porque no había nada capaz de desviar
los vientos que azotaban la ciudad, y el aire traía olor a agua, y a salitre, y
a sal. Y si cerraba los ojos y olvidaba el ruido de los coches y el ajetreado
bullicio muchos metros abajo, casi podía oír el arrullo de las olas, casi
sentir el tacto de la arena haciéndole cosquillas en las plantas de los pies.
Desde lo alto de su edificio, sentado, con las piernas
colgando en el vacío, pero firmemente aferrado a la baranda del ático, miraba
como esa oscuridad se iba comiendo lo que lo rodeaba, como tanta luz artificial
no valía para nada en esa noche eterna que los engullía.
Y seguía peinando el viento con los dedos.
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The Essence Of Silence - Epica
https://www.youtube.com/watch?v=oePrtEMmX9Y